Viejos buenos tiempos

Ricardo Guzmán junto a Tsuchiya Sensei y Oshima Sensei en los años 60

Aún en la práctica de un estilo tradicional, la transmisión y aprendizaje del karate en nuestros días es muy distinta a los modos, formas y costumbres con que se hacía hace 4 ó 5 décadas atrás, a mediados del siglo XX.

Esta diferencia, en principio no requiere de mayor explicación: la vida en 1960 o 1970 era sustancialmente distinta a la manera en que se desarrolla en 2021, y siempre los Maestros, Sempai y practicantes de más edad que vivieron aquella época, evocan las diferencias entre aquel entonces y ahora.

Sin embargo, una aproximación a aquellos años a partir de relatos de primera mano de quienes de una u otra manera han sido sus protagonistas, nos podrá ampliar un poco más el panorama para acercarnos a las sensaciones de esa época tan recordada.

Por eso nos parece una buena oportunidad para compartir 2 anécdotas de nuestros compañeros que han continuado su práctica hasta nuestros días y que iniciaron su camino, cuando el Maestro Tsuchiya comenzó su enseñanza en Buenos Aires, cuando corrían los años 60.

Dos historias distintas, pero que retratan desde la afición por el karate y la respetuosa relación con el Maestro, una época donde todo era más lento, donde el tiempo que se compartía con otros no se perdía, sino que por el contrario, era una ocasión para vivenciar historias que formarían parte de los recuerdos a lo largo de toda la vida.

El primer relato, viene de la mano de Ricardo Guzmán, quien actualmente es 3 Dan de nuestro estilo, y fue integrante de los primeros grupos de alumnos de Tsuchiya Sensei en el país; tuvo que abandonar la práctica y la retomó décadas más tarde, con todo el desafío que eso supone, del que hemos ya hablado en detalle.

Sobre aquellos años, cuenta Ricardo en primera persona: “… inicié mi práctica a finales del año 1962 o comienzos de 1963, junto a un grupo de muchachos jóvenes entre los que recuerda a Brinkman, Guitard, Maderna, González, Molinari -de unos 40 años- y un joven Hiroshi Oshima que ya en ese entonces destacaba como un alumno particularmente aplicado a la práctica, aunque aún usaba un cinturón blanco.

Todos andábamos alrededor de los 18 años salvo González , Molinari, Maderna, que era pianista y tendría unos 28 y algunos otros que rondaban los 30 años como Nacci, e Hiroshi (como afectuosamente recuerda a Oshima Sensei en aquellos años en que compartían la práctica como estudiantes del Maestro Tsuchiya).

La práctica duraba 2 horas. Hacíamos calentamiento unos 15 minutos y estiramientos con un compañero, abriendo las piernas en tijera en el suelo, enfrentados apoyando los pies en la cara interna de los pies del compañero o a veces en los tobillos, tomándonos de las manos, mientras uno se tiraba para atrás el otro era traccionado hacia adelante y manteníamos unos segundos el estiramiento. Y luego era al revés. El que se había inclinado hacia adelante iba hacia atrás y el otro se estiraba hacia adelante. También colocábamos los talones sobre el hombro de un compañero que estaba agachado y luego éste se incorporaba y la pierna se estiraba. Éramos jóvenes e impetuosos, y a veces nos lesionábamos porque no había mucha supervisión.

La clase continuaba con técnicas básicas, en una rutina semejante a la de una clase actual, pero con toda intensidad, casi sin descansar, durante casi una hora, y sin hablar. El sudor, cubría el piso del dojo. Se corregían posiciones (por ejemplo naifanchi), Sensei pasaba al lado y nos trataba de desestabilizar golpeándonos la pierna y los hombros simultáneamente para que los bajáramos. A veces un compañero se subía de atrás apoyando los pies en los muslos y así teníamos que aguantar la posición sin elevarnos bajo la mirada de Sensei que nos reprendía si alguno aflojaba y decía ¨¿Qué está haciendo ? Baje (la posición) ¨ Este tipo de trabajo se replicaba también sobre la posición zenkutsudachi, caminando arriba y abajo del dojo y a veces con un compañero sobre los hombros. Luego de este trabajo, y más allá del agotamiento, se iniciaba la practica de katá: Naifanchi Shodan y Pinan Shodan y Pinan Nidan. Nada más. Tsuchiya Sensei corregía posiciones y movimientos. Recién cuando uno llegaba a 5 kyu enseñaba algún otro como Saifa cuyos movimientos ya no recuerdo. Pero eran pocos katas.

No hacíamos aplicaciones y no se analizaba como ahora. Éramos pura fuerza bruta. Se repetían los katas mecánicamente y luego, después de muchas repeticiones del kata algo se analizaba. Toda una bestialidad…” (remarca Ricardo con cierto aire de alegre nostalgia).

Sin embargo, el riguroso carácter de Tsuchiya Sensei dentro del dojo, se matizaba con el espíritu inquieto que lo ha caracterizado siempre. Nuestro recordado Peter Brucchausen (fallecido recientemente a fines de 2020) compartió de entre sus tantas historias de vida, ésta que le tocó protagonizar como sorprendido acompañante de nuestro Maestro:

“… un día durante la practica me llama Tsuchiya Sensei y me dice ´Brucchausen, compré auto y Ud. me tiene que enseñar a manejar!´. Y aunque ya estaba pisando los 30 años, nunca había manejado en mi vida, porque en esa época era más caro comprar un auto que un pequeño departamento. Le dije: ´Sensei, yo nunca manejé en mi vida´, pero lejos de abandonar su idea, me dijo ´no importa, usted sabe!, venga busquemos el auto´. Sensei había comprado un Citroen 2 CV en la concesionaria Olsen que estaba a pocas cuadras, sobre la avenida Callao. Así que allí fuimos, retiramos el auto y salimos a la calle, yo no podía evitar el intenso tráfico del centro, autos, camiones y colectivos, nos pasaban zumbando… Lo bueno es que el Citroen 2 CV tenía la primera velocidad que funcionaba sin el embrague, así que el arranque siempre era suave. En esas condiciones nos lanzamos a la aventura: yo “manejaba” y Sensei daba las indicaciones “… siga a ese colectivo, doble aquí a la derecha….siga ese auto…”, así durante 4 largas horas en las que transpiré más que en una clase de karate. Luego de la travesía, Tsuchiya Sensei se dio por satisfecho, y dijo “bueno, está bien, vamos a casa y mañana sacamos el registro”. En ese entonces el examen se hacía en Palermo, y la persona que iba a rendir, debía ir acompañada de alguien que maneje y se haga cargo de llegar con el auto, pero como los examinadores vieron que era japonés, y enseguida yo me encargué de decirles que era maestro de karate, hicieron la vista gorda y le tomaron el examen. Por supuesto que Tsuchiya Sensei aprobó el examen y fue felicitado por los policías de la playa de tránsito. Para celebrarlo, al día siguiente fuimos a comer asado al costado del camino, rumbo a Ezeiza, y no hace falta que les diga quién manejó de ida y vuelta…”.-

Los adelantos de la tecnología han rodeado al hombre de un mayor grado de confort, y en paralelo, sigilosamente, lo han sumergido en una carrera constante en la que ha cambiado un más comodidad por uno de los pocos bienes que no pueden comprarse: tiempo.

Hoy todo pasa mucho más rápido, y pese a que las distancias son más cortas, y todo está a la mano, el ritmo de vida es extremadamente vertiginoso, el día se consume entre muchas y muy variadas ocupaciones y obligaciones, y se esfuma sin que quede tiempo para dedicar a uno mismo (sea reuniéndose con amigos, realizando una actividad placentera, o simplemente permaneciendo en silencio).

Queda sin embargo, la sana nostalgia de los protagonistas de aquellos años, que entremezclados en los tiempos modernos, nos dan una señal de alerta, mostrándonos que existen espacios para algo distinto, que no es mejor ni peor que nuestro ahora, pero que puede complementarlo de un modo muy beneficioso y placentero.

Sería un buen aprendizaje poder recuperar algunas de aquellas cosas, e incorporarlas a nuestro estilo de vida y práctica actual, comprendiendo que, como en todo lo que la vida nos presenta, siempre hay una oportunidad para aprender, y mejorar. Todo cambia y evoluciona, pero a veces recuperar algo de lo pasado, y hacerlo nuevo, también es evolucionar: hacer de lo nuevo y lo viejo, algo mejor, y así superarnos, tanto en la vida como en nuestra práctica de karate.

Oshima Dojo – © 2021

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